El mundo

El mundo no es un pañuelo
no os llenéis la boca con
esa repetitiva falacia propulsada
por viejas lenguas.
El mundo es un juego de billar.
Todos nos empeñamos en chocar
entre nosotros,
siendo conscientes que nuestro
destino es un hoyo repentino y solo
sobrevive una bola del mismo color
de la bandera que no quisimos
alzar a tiempo.

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No deja de ser el Norte

No creo haber necesitado perderte
para no orientarme
a ráfagas sostenías la idea
de ajustarte a tu realidad,
ser una traicionera aurora boreal
pero Octubre se vistió de seda.

Los puntos cardinales concluyeron
que decidiste cambiar, que las brisas
olían a bienvenidas, que las mañanas
olían a olas dulces y las medusas
simplemente manifestaban su delirio
borrachas de agua salada.

Tus hijos sintonizaban con el
afán de tus abrazos, formaban
puentes de sonrisas, de indicaciones
pausadas, sosegadas..
Sureñas.

No encontré a Jon
ni nieve
ni lluvia
ni los Starks
ni tampoco aquella casa noble del Norte
llamada Invernalia.

No,
tampoco llegó el invierno..
Pero no dejaste de ser el Norte.

Los he visto.

Los he visto sacudidos por
el practicismo,
Matrices de esclavos modernos
aligerando sus andares entre vía
y vía, no ven más allá de un ahora
que quizás no valga sus penas
ni alegrías, un ahora que marca
los pasos de las oportunidades.
Un ahora que quizás marca el
compás de un reloj sin batería.

Los he visto protagonizando silencios
atroces haciéndole el pasillo a miles
de ángeles, rostros conscientes de lo
que se juegan, rostros que tienen fijadas
las ‘kas’ de miles y no de kilos
desfilando en una pasarela de una torre de
muchas plantas, una torre cuyo nombre
abraza el sosiego de un pintor que por
poco es lo único que me hizo circundar
la armonía, pensar que todavía puedo
llamarlo futuro hogar, aunque busque pasadizos
para versos libres entre tantos
taconeos y tanto zapato redirigido y tantas
corbatas estrechando el lazo a cuellos
que Dios sabe si tragan saliva entre despacho
y despacho.

Y la he visto a ella, aquella búlgara
que confundió mis rasgos y me ofreció
comprarle el oro que le quedaba en un tono obtuso,
y relucía, pero ya sabéis lo que concluían
las viejas lenguas entre dicho y dicho.
La he visto de cerca pero no la he visto venir.

Pero también vi un contraste despiadado,
un contraste que clava su mirada en una
noción de tiempo que no controla.
Y era él, un almeriense de cuarenta y tantos.
Lo vi contemplando las olas como si fuera él
quien chocase con aquellas imponentes rocas,
lo vi explayándose destruyendo los trajes
a medida de una sociedad que considera un
plátano inmaduro disfrazado de desajustes
en todos los niveles, y que él se niega
a no escalar más de allá de la montaña
que bien parece que le hace buena compañía
y que hipoteca solo sea sostenida por un aire
que él eligió y una fuente que le llena
sus dos garrafas.

Son nuestras, son muestras
matices de un reencuentro
un puzzle que en su esencia
no encajan las piezas, pero que no
deja de ser un cuadro en las que cada
pieza le hace un hueco a su adyacente.

Carta abierta al amor de mi vida.

Te pido que tardes en cruzarte por mi vida.
Antes,
quisiera besar los versos
hasta que digan basta,
torear el aire hasta
que no le quede más oxígeno.
Rugir una tregua para
empapar mi alma de misticismo,
marcharme hacia mí
cosiendo todas aquellas
ideas que a lo largo de mi vida
me han seducido y
aún no les he proporcionado
asiento alguno.
De verdad,
no aparezcas por ahora.
Mis pasos siguen tambaleándose
entre umbrales de emoción que
no están sujetos a ninguna ley,
y en los que a veces
la escala Richter se siente
intimidada.
¡No desgastes tus envestidas!
Todas mis fronteras se encuentran
fuera de la cobertura de Cupido.
Y no,
no es huir.
Simplemente quiero
que el vértigo que te tengo
signifique estar a tu altura.